Democratic Peace: A Critical Review of its Viability in

the Contemporary Context

La Paz Democrática: Una Revisión Crítica de su Viabilidad en el Contexto Contemporáneo




DOI: https://doi.org/10.33324/dicere.v1i2.822




Leonardo Mogrovejo-Barrera, 0009-0001-0200-0456 leomogrovejob@es.uazuay.edu.ec

Facultad de Ciencias Jurídicas, Universidad del Azuay, Cuenca, Azuay, Ecuador


Michelle Molina-Barros, 0009-0002-1568-9720 michelle.molina@uasb.edu.ec

Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Azuay, Ecuador.

Recibido: 03-09-2024 Revisado: 22-11-2024 Aceptado: 22-11-2024 Publicado: 30-11-2024




Resumen


La teoría de la paz democrática, que postula que las democracias tienden a evitar conflictos bélicos entre ellas, ha sido un pilar fundamental en el estudio de las relaciones internacionales, pero también ha sido objeto de crítica en el contexto contemporáneo. Este artículo examina la sostenibilidad de esta teoría, proponiendo que la paz democrática enfrenta serios desafíos debido a factores estructurales y dinámicas internacionales emergentes. A través de un análisis crítico de casos recientes y la revisión de la literatura, se argumenta que la interdependencia económica y las rivalidades geopolíticas complican su premisa central. Casos como las intervenciones de democracias en el Medio Oriente y el auge de amenazas no convencionales como el terrorismo, demuestran que incluso los Estados democráticos pueden verse envueltos en conflictos prolongados y no están exentos de rivalidades profundas. Estos factores subrayan la necesidad de reevaluar la teoría en el contexto actual, marcado por dinámicas globales cada vez más complejas.


Abstract


The theory of Democratic Peace, which postulates that democracies tend to avoid warlike conflicts among themselves, has been a fundamental pillar in the study of international relations, but it has also been subject to criticism in the contemporary context. This article examines the sustainability of this theory, proposing that Democratic Peace faces serious challenges due to structural factors and emerging international dynamics. Through a critical analysis of recent cases and literature review, it is argued that economic interdependence and geopolitical rivalries complicate its central premise. Cases such as the interventions of democracies in the Middle East and the rise of unconventional threats such as terrorism demonstrate that even democratic states can become embroiled in protracted conflicts and are not exempt from deep rivalries. These factors underscore the need to re-evaluate theory in the current context, marked by increasingly complex global dynamics.



Palabras clave


Paz democrática, relaciones internacionales, interdependencia económica, rivalidades geopolíticas, amenazas no convencionales.



Keywords


Democratic peace, international relations, economic interdependence, geopolitical rivalries, unconventional threats.






Cómo citar: Mogrovejo-Barrera, L. D., & Molina-Barros, M. C. (2024). Paz Democrática: Una Revisión Crítica de su Viabilidad en el Contexto Contemporáneo. DICERE Revista De Derecho Y Estudios Internacionales, 1(2), 67–82. https://doi.org/10.33324/dicere.v1i2.822




1 Introducción


La noción de la “paz democrática” fue propuesta inicialmente por el filósofo prusiano Inmanuel Kant en su ensayo “La Paz Perpetua” de 1795, en el cual sostiene que, para alcanzar la paz entre las naciones deben aplicarse ciertos principios universales, entre los cuales está el establecimiento de repúblicas, ya que estos Estados republicanos estarían menos propensos a entrar en guerra entre sí. Más adelante, otros autores – como Doyle (1983) y Fukuyama (1992) - harían de la noción de Kant una teoría ampliamente estudiada en del campo de las relaciones internacionales, sugiriendo que la proliferación de regímenes democráticos puede contribuir a una mayor estabilidad global (Russett, 1993). Sin embargo, el contexto internacional contemporáneo ha desafiado esta premisa fundamental, generando un intenso debate sobre la sostenibilidad de la “paz democrática” en un mundo caracterizado por complejas dinámicas globales.

Desde inicios de la década de los noventa hasta la actualidad, la teoría de la “paz democrática” ha sido puesta a prueba por una serie de eventos que podrían evidenciar su fragilidad, como la intervención de países con sistemas democráticos en conflictos del Medio Oriente, y el crecimiento de amenazas no convencionales como el terrorismo, y la tensión en torno a conflictos que involucran a Estados con regímenes autoritarios como Rusia y China. Estos ejemplos demuestran que incluso los Estados democráticos pueden involucrarse en conflictos prolongados y mantener rivalidades profundas, y a su vez, desafían la visión tradicional de que la democracia actúa como un fuerte inhibidor de la guerra entre Estados. (Maoz & Russett, 1993; Doyle, 2005).

Este artículo pretende examinar la teoría de la “paz democrática" en el contexto de las relaciones internacionales contemporáneas, a partir de la década de los noventa, por medio de un análisis crítico de la literatura existente y la revisión de casos recientes. El argumento principal de este trabajo académico se centra en que la “paz democrática", como se ha conceptualizado históricamente, enfrenta serios desafíos debido a factores estructurales y dinámicas emergentes en el ámbito internacional. La interdependencia económica, las rivalidades geopolíticas y la proliferación de amenazas no convencionales son elementos que cuestionan la capacidad de las democracias para mantenerse en paz entre sí. Este análisis pretende ofrecer una nueva perspectiva sobre la teoría de la “paz democrática", considerando las complejidades del entorno global actual.



2 Críticas a la Teoría de la Paz Democrática en la Era Actual


Desde Kant (1795), la idea de que la democracia es una herramienta para evitar que las naciones beligerantes entren en conflicto entre sí ha sido uno de los objetos más importantes en el estudio de las relaciones internacionales. Sin embargo, al presenciar los conflictos contemporáneos de los últimos 30 años, la academia ha incrementado alarmantemente las críticas a esta teoría, debido a que no ha podido hacerle frente a la complejidad del entorno internacional actual y las nuevas dinámicas globales, que desafían sus premisas fundamentales y ponen en tela de duda su aplicabilidad.

Una de las principales críticas a la “paz democrática"radica en la interdependencia económica entre los Estados, que, si bien inicialmente se consideró un factor que fomentaba la paz, en la práctica ha demostrado ser un arma de doble filo. Según Barbieri (2002), mientras que la interdependencia económica puede disuadir el conflicto entre democracias al aumentar los costos de la guerra, también puede generar tensiones significativas cuando los intereses económicos de las naciones entran en conflicto, lo que puede desencadenar rivalidades. En el contexto de globalización económica, las economías están tan entrelazadas que las sanciones y otras medidas económicas coercitivas se han convertido en herramientas de poder utilizadas por democracias contra otras democracias, lo que socava la noción de que los vínculos económicos promueven la paz.

En la última década han suscitado una serie de conflictos y altercados comerciales y económicos que ejemplifican perfectamente punto, como la salida del Reino Unido del Mercado Común Europeo – también llamado Brexit – en el 2016, que se dio, en parte, por las crecientes tensiones en cuanto a la pérdida de soberanía y el control sobre las políticas económicas y migratorias. Asimismo, durante la administración de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos (2016-2020) se dieron a lugar eventos como la “Guerra Comercial del Aluminio y el Acero” con la Unión Europea, la “Guerra Comercial” con China, y la disputa sobre la madera blanda con Canadá. Pese a la fuerte interdependencia económica que los Estados Unidos mantienen en diferente grado tanto con la Unión Europea, China y Canadá, esta no siempre resulta en una resolución pacífica o acciones cooperativas entre democracias, sino que más bien actúa como un factor desestabilizador de la paz al generar tensiones y conflictos no necesariamente beligerantes.

Además, la evolución de las amenazas no convencionales, como el terrorismo, plantea serias dudas sobre la aplicabilidad de la hipótesis de la “paz democrática" en la era moderna. Slaughter (2017) argumenta que las democracias, aunque no se enfrenten entre sí en conflictos tradicionales, están cada vez más involucradas en conflictos asimétricos y guerras híbridas que no se ajustan a la definición clásica de guerra entre Estados. Estas nuevas formas de conflicto, que incluyen ataques cibernéticos, intervenciones encubiertas y apoyo a grupos no estatales, desafían la idea de que las democracias son inherentemente pacíficas entre sí. De hecho, como señala Risse-Kappen (2016), la creciente militarización de las democracias en respuesta a estas amenazas no convencionales sugiere que la “paz democrática" puede ser un mito en el contexto de la seguridad contemporánea.

Otro punto de crítica se centra en las intervenciones militares de democracias en otras regiones, particularmente en el Medio Oriente. La intervención de democracias como Estados Unidos y el Reino Unido en países como Irak, Afganistán y Libia ha sido vista por muchos como una contradicción directa a la teoría de la “paz democrática". Chomsky (2003) destaca que estas intervenciones, que a menudo se justifican en nombre de la promoción de la democracia, han resultado en conflictos prolongados y devastadores, lo que pone en tela de juicio la idea de que las democracias no están predispuestas al conflicto. Un ejemplo claro de esta crítica es la invasión de Irak en 2003, cuya justificación propugnada por los Estados Unidos fue la supuesta existencia de armas de destrucción masiva y la necesidad de liberar al país del régimen dictatorial de Saddam Hussein. Sin embargo, esta intervención, en vez de estabilizar la región o promover la democracia, resultó en una guerra civil sectaria que ha durado casi dos décadas, y el surgimiento de grupos extremistas como ISIS. De acuerdo con Chomsky (2003), estas intervenciones no sólo son incoherentes con la idea de que las democracias son pacíficas por naturaleza, sino que también revelan un patrón en el que las democracias, bajo el pretexto de defenderla o la intervención humanitaria, actúan de manera agresiva para cumplir con su propia agenda política y económica.

En este sentido, es evidente que la teoría de la “paz democrática" enfrenta críticas sustanciales con respecto a los desafíos que presenta el panorama global actual. Como se pudo ver anteriormente, la interdependencia económica, lejos de garantizar la paz, puede generar nuevas fuentes de tensión y conflicto entre democracias, en vez de promover la resolución pacífica y la cooperación entre ellas. De igual forma, las amenazas no convencionales y las intervenciones militares de las democracias en otras regiones exponen la fragilidad y la credibilidad de la aplicación de esta teoría. Como tal, es necesario reevaluar la “paz democrática" a la luz de las dinámicas globales emergentes para comprender mejor sus implicaciones y limitaciones en el sistema internacional contemporáneo.



3 Impacto de las Amenazas No Convencionales en las Democracias


En pleno siglo XXI, las democracias enfrentan un panorama de seguridad que ha cambiado drásticamente, caracterizado por el surgimiento de amenazas no convencionales que desafían los enfoques tradicionales de defensa y seguridad. Estas amenazas, que incluyen el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva y el crimen organizado transnacional, no solo han redefinido la naturaleza del conflicto, sino que también han puesto a prueba la capacidad de las democracias para mantener la paz, tanto interna como externamente.

El terrorismo, en particular, ha demostrado ser una amenaza persistente y multifacética para las democracias. A diferencia de los conflictos interestatales tradicionales, el terrorismo opera en las sombras, aprovechando las debilidades del sistema democrático, como la libertad de movimiento, la libertad de expresión y la protección de los derechos civiles, para llevar a cabo ataques. De acuerdo con Hoffman (2006), los ataques terroristas, como los ocurridos el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, no solo causan destrucción física y pérdida de vidas, sino que también buscan desestabilizar las instituciones democráticas y sembrar el miedo en la población. En respuesta a estas amenazas, muchas democracias han adoptado medidas de seguridad más estrictas, que a menudo implican concesiones en las libertades civiles, lo que ha generado debates sobre el equilibrio entre seguridad y libertad (Zedner, 2009).

A diferencia de los conflictos tradicionales entre Estados, el terrorismo se caracteriza por su naturaleza descentralizada y su capacidad para infligir daño psicológico y físico a través de ataques inesperados y a menudo indiscriminados. Hoffman (2006) señala que el terrorismo se aprovecha de las libertades y derechos que son fundamentales para las democracias, utilizando estos mismos valores para planificar y ejecutar ataques. Los atentados del 11 de septiembre de 2001, perpetrados por Al-Qaeda, son un recordatorio de cómo el terrorismo puede desestabilizar a una democracia poderosa, llevando a cambios drásticos en las políticas de seguridad y a la erosión de las libertades civiles.

Así mismo, el terrorismo ha evolucionado en respuesta a la globalización y la revolución digital. Grupos terroristas como ISIS han utilizado internet y las redes sociales no solo para difundir propaganda y reclutar seguidores, sino también para planificar y coordinar ataques a gran escala. Este uso innovador de la tecnología ha ampliado el alcance y la efectividad del terrorismo, convirtiéndolo en una amenaza global que puede afectar a cualquier democracia en cualquier momento. Además, la naturaleza descentralizada de grupos como ISIS dificulta la respuesta de las democracias, que a menudo se ven atrapadas en conflictos prolongados y costosos, como se ha visto en Irak y Siria (Cronin, 2015).

Otra dimensión crítica es la proliferación de armas de destrucción masiva (ADM), que sigue siendo una preocupación significativa para la seguridad global. Aunque la disuasión nuclear tradicional ha evitado conflictos directos entre grandes potencias, el riesgo de que actores no estatales adquieran armas nucleares, químicas o biológicas plantea un desafío grave para las democracias. En este aspecto, uno de los hitos más destacados de estudio en el campo de las relaciones internacionales es el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) de 1970, el cual tenía como objetivo principal prevenir el desarrollo de armas nucleares, promover el desarme y fomentar los usos pacíficos de este tipo de energía.

El Artículo IX de este instrumento del derecho internacional reconoce que los "Estados con armas nucleares" son aquellos que habían fabricado y detonado un dispositivo explosivo nuclear antes del 01 de enero de 1967 (Naciones Unidas, 1970), cumpliendo con este criterio cinco países: Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia - entonces la Unión Soviética – y China. En este sentido, la posesión de armas nucleares por parte de las que han sido consideradas como las tres de las democracias más grandes del mundo, es decir Estados Unidos, Francia y Reino Unido, refleja una clara contradicción entre los valores democráticos que propugnan, y la disuasión militar extrema que siguen utilizando para mantener su seguridad, lo cual niega completamente la noción de que las democracias están inherentemente inclinadas hacia la paz.

Otra crítica importante que se debe mencionar en cuanto a las democracias involucradas con el desarme nuclear, es que, si bien el TNP compromete a estas democracias con arsenal nuclear a realizar avances hacia el desarme, hasta la fecha, poco se ha hecho en cuanto al tema. Esto evidencia una falta de compromiso real con el desarme por parte de las “democracias nucleares” e incluso se podría hablar de una postura de “doble moral”, ya que mantienen y continúan modernizando su arsenal nuclear, mientras promueven los valores de paz, seguridad y libertad. Esto genera tensiones y desigualdad en el sistema internacional, llegando incluso a fomentar el desarrollo de armamento nuclear en países con regímenes autoritarios. En este aspecto, países que no están en el TNP, como Irán y Corea del Norte, han manifestado estas discrepancias, argumentando que, si las consideradas “democracias más poderosas” pueden tener armas nucleares, no hay una justificación moral para prohibir que otros países también se armen (Sagan, 2011).

Así mismo, el crimen organizado transnacional también representa una amenaza no convencional que impacta a las democracias, particularmente en términos de gobernabilidad y estado de derecho. El tráfico de drogas, el tráfico de personas y el lavado de dinero son sólo algunas de las actividades delictivas que socavan la estabilidad de las instituciones democráticas. Según Shelley (2014), las redes criminales transnacionales han explotado la globalización para expandir sus operaciones, desafiando la capacidad de las democracias para controlar sus fronteras y hacer cumplir las leyes. Esto no solo erosiona la confianza pública en las instituciones, sino que también puede alimentar la corrupción y la violencia, debilitando la estructura democrática desde dentro. La proliferación y expansión de las actividades del crimen organizado transnacional ha demostrado que, incluso los países con los sistemas democráticos más fuertes, pueden verse afectados desde adentro por actores no estatales, lo que pone en duda la capacidad de las democracias para mantener la paz y la estabilidad, cuestionando así uno de los principios fundamentales que plantea la teoría de la “paz democrática".

Las amenazas no convencionales han transformado el entorno de seguridad de las democracias en el siglo XXI. El terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva y el crimen organizado transnacional son desafíos que requieren nuevas estrategias y enfoques para preservar la estabilidad democrática. La capacidad de las democracias para adaptarse a estas amenazas determinará su resiliencia en un mundo cada vez más complejo y peligroso.



4 Análisis de Casos: Intervenciones militares en el Medio Oriente


La caída de la Unión Soviética en 1991 fue considerada como la victoria absoluta de la democracia sobre los regímenes autoritarios. Este evento reforzó la creencia de que este era el mejor sistema de gobierno, y de que el mundo entraría a una época mucho más pacífica, bajo la premisa de que la existencia de más democracias en todo el mundo reduciría significativamente los conflictos internacionales. Sin embargo, la caída de la Unión Soviética no significó el fin de la violencia. Uno de los casos que mejor ilustran este aspecto es la intervención militar en Medio Oriente a partir de la década de los 90´, puesto que su análisis sirve para explicar cómo las dinámicas de poder, las rivalidades geopolíticas y las limitaciones inherentes a las democracias pueden llevar a conflictos prolongados, incluso entre naciones que comparten valores democráticos.

Entre las intervenciones más relevantes de occidente en el Medio Oriente está la Guerra del Golfo, un conflicto bélico que se desarrolló entre 1990 y 1991. Irak, bajo el régimen autoritario de Saddam Hussein, acusó a Kuwait – una monarquía absoluta – de robar petróleo de sus yacimientos, lo cual desencadenó en la invasión de este último. Tras meses de negociaciones fallidas y sanciones económicas sin efecto, las Naciones Unidas autorizó la intervención militar en el conflicto por parte de una coalición de 35 países, liderados por Estados Unidos, a fin de restaurar la soberanía de Kuwait y preservar la estabilidad en la región (Brands, 2011). Sin embargo, las verdaderas razones de la Guerra del Golfo han sido objeto de un amplio debate en el campo de las relaciones internacionales, debido a los verdaderos intereses de los Estados Unidos en esta región, entre los cuales se puede enumerar: el mantenimiento del suministro de petróleo proveniente de Kuwait, la protección de aliados clave en la región como Arabia Saudí, su posición geopolítica en la región, y el liderazgo que debía ejercer en la era de la post-Guerra Fría.

En este sentido, el análisis de la Guerra del Golfo deja varias lecciones a ser consideradas. La primera, es que no siempre las democracias actúan en función a los valores que propugnan, sino que más bien, dan prioridad al mantenimiento y la defensa de sus intereses políticos y económicos, estando dispuestas a utilizar la fuerza militar en estos escenarios. Así mismo, este caso presenta otra contradicción a la teoría de la “paz democrática", ya que se ha demostrado por medio de este caso que las democracias no son inherentemente pacíficas en su accionar externo, y recurren a la fuerza militar contra regímenes autoritarios, lo que cuestiona la creencia de que las democracias promueven exclusivamente la paz. La segunda lección, es que las democracias utilizan las intervenciones militares para alcanzar sus objetivos, obviando los canales diplomáticos y la cooperación internacional, tal como lo establece la teoría de la “paz democrática". La justificación de una intervención militar para restaurar la estabilidad regional y mantener la paz hace a la actuación de las democracias occidentales intervinientes – especialmente Estados Unidos – ilegítima, según autores como Chomsky (2003) y Ferguson (2006).

Así mismo, la invasión a Irak en el 2003 liderada por Estados Unidos, y apoyada por democracias como el Reino Unido y Australia, es otra de las intervenciones militares que también cuestionan la teoría de la “paz democrática". El objetivo principal de esta invasión fue derrocar el régimen autoritario de Saddam Hussein, debido a acusaciones de posesión de armas de destrucción masiva y vínculos con organizaciones terroristas como Al-Qaeda. Con el paso del tiempo, estas acusaciones fueron desmentidas, ya que no se encontraron dichas armas ni evidencia sólida de los lazos con los grupos terroristas (Bodansky, 2004). Aunque el derrocamiento y ejecución de Saddam Hussein fue relativamente rápido, la ocupación de Irak y la fase posterior de reconstrucción resultaron ser mucho más complicadas y trajeron consecuencias catastróficas. Tras la disolución del ejército iraquí y la proscripción del Partido Baaz, al que pertenecía Saddam, el país quedó completamente roto, lo que desencadenó una guerra civil sectaria entre chiitas y sunitas y dio lugar al surgimiento del grupo terrorista ISIS (Bodansky, 2004).

La Guerra de Irak cuestiona la capacidad de las democracias como agentes de estabilidad y pacificación, puesto que esta invasión consistió en un acto unilateral llevado a cabo principalmente por Estados Unidos y el Reino Unido, sin el apoyo, aprobación o la intermediación de las Naciones Unidas. Este accionar evidencia que no siempre hay consenso entre las democracias sobre cómo reaccionar y resolver las problemáticas globales, socavando la creencia de que las democracias recurren a las vías diplomáticas y a la cooperación para el mantenimiento de la paz. Así mismo, se reportaron numerosos abusos a los derechos humanos durante la ocupación iraquí, como el escándalo de la prisión de Abu Ghraib, donde se acusó a soldados estadounidenses de torturar y maltratar prisioneros iraquíes (Bodansky, 2004). Esta clase de escándalos contribuyen a debilitar la idea de que las democracias promueven los derechos humanos y la justicia a nivel internacional, ya que se evidencia que los principios democráticos propugnados no siempre se respetan en situaciones de guerra y ocupación.

De manera similar, la intervención en Afganistán, que comenzó en 2001 como una respuesta al terrorismo tras los ataques del 11 de septiembre, se transformó en una guerra prolongada que, a pesar de los esfuerzos para establecer un gobierno democrático, culminó con la retirada de las fuerzas estadounidenses en el 2021 y el regreso del Talibán al poder. Este desenlace, según Biddle (2022), destaca las dificultades de exportar la democracia mediante la intervención militar, especialmente en contextos donde las condiciones culturales, sociales y políticas son adversas. Al igual que en el caso mencionado anteriormente, las democracias intervinientes decidieron invadir el país, en vez de optar por la vía diplomática, poniendo nuevamente en duda la afirmación de que las democracias prefieren medios no violentos para resolver los conflictos. El hecho de que democracias, como Estados Unidos y el Reino Unido, continuarán involucradas en un conflicto prolongado y devastador contradice una vez más la creencia de que las democracias trabajan activamente por mantener la paz y la estabilidad, ya que este conflicto causó cientos de miles de muertes, tanto de civiles afganos como de soldados. La salida intempestiva de las fuerzas internacionales de Afganistán en el 2021 reflejó el fracaso de una transición política ordenada hacia un sistema democrático, lo que la teoría de la “paz democrática" nos plantea como ideal en todos los escenarios.

Otra de las intervenciones militares más relevantes en el Medio Oriente fue la de Libia en el 2011, llevada a cabo por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con la aprobación de las Naciones Unidas, y liderada por Estados Unidos. El objetivo de esta operación fue proteger a los civiles libios de las represalias del régimen autoritario de Muamar Gadafi, quien había gobernado Libia durante más de cuatro décadas, tras la represión y la violencia ejercida por el gobierno en el contexto de la Primavera Árabe (Kuperman, 2015). Al igual que en los casos anteriormente mencionados, la intervención en Libia, aunque fue justificada con fines humanitarios, dio como resultado la desestabilización prolongada del país, existiendo un vacío de poder que permitió el surgimiento de milicias armadas y grupos extremistas, nuevamente contradiciendo la idea de que las democracias siempre promueven la estabilidad y la paz tras sus intervenciones militares (Kuperman, 2015).

La aplicación de la Responsabilidad de Proteger (R2P) como principio que autorizó una intervención “humanitaria” en Libia, ha sido objeto de gran debate en el campo de estudio de las relaciones internacionales debido a acusaciones de aplicación ilegal e ilegitimidad (Naciones Unidas, 2011). Si bien el R2P fue utilizado como la base legal para la intervención militar liderada por democracias occidentales, en realidad evidencia una vez más que las democracias optan por el uso de la fuerza militar en lugar de métodos pacíficos para resolver crisis internacionales. Así mismo, el R2P tenía originalmente el objetivo de brindar protección a los civiles de las represalias del régimen de Gadafi. Sin embargo, la intervención militar se convirtió rápidamente en una operación de cambio de régimen, lo que va más allá del mandato de protección humanitaria autorizado por las Naciones Unidas. En este aspecto, se puede considerar al R2P como una herramienta de poder, a fin de que las democracias occidentales puedan intervenir en conflictos en otros países, especialmente en Estados no democráticos que ponen en peligro sus intereses particulares. En vez de buscar una solución a las crisis humanitarias por medio de las vías diplomáticas, la creación y uso del R2P en el contexto de la intervención en Libia reflejó el uso del discurso humanitario por parte de las democracias para justificar el uso de la fuerza militar, algo no contemplado por la teoría de la “paz democrática".

De igual forma, existen otras intervenciones en Medio Oriente que ponen en evidencia nuevamente a los postulados de la “paz democrática", como los casos de Siria y Yemen respectivamente, e incluso las tensiones mantenidas entre Estados Unidos e Irán. Se repiten los mismos escenarios una y otra vez, lo que plantea preguntas como: ¿Es la “paz democrática" un término obsoleto que no puede darse aplicación en el mundo actual?; ¿Es posible que la pérdida de relevancia de este concepto también conlleve el declive del Liberalismo en las Relaciones Internacionales?



5 Reevaluación de la Teoría de la Paz Democrática en un mundo complejo


El mundo contemporáneo, caracterizado por complejidades y desafíos emergentes, ha puesto a prueba esta teoría, revelando sus limitaciones y la necesidad de una reevaluación. Uno de los principales argumentos en favor de la “paz democrática" es que las democracias comparten valores comunes, como el respeto a los derechos humanos, la resolución pacífica de disputas y la transparencia en la toma de decisiones, lo que reduce la probabilidad de conflictos entre ellas (Quintero et al, 2021). No obstante, las tensiones geopolíticas actuales y los conflictos en curso sugieren que estos valores compartidos no siempre son suficientes para evitar la guerra. La Guerra del Golfo, aunque no es un conflicto entre dos democracias, pone de relieve cómo las democracias pueden verse arrastradas a conflictos prolongados debido a sus compromisos con la defensa de la soberanía y la seguridad regional (Mearsheimer, 2014). Estos intereses estratégicos, en especial cuando están en juego aspectos como la seguridad o recursos, pueden prevalecer sobre su inclinación por evitar la guerra.

Además, la teoría de la “paz democrática" no ha abordado adecuadamente el papel de las democracias en conflictos fuera de sus fronteras. Las intervenciones militares lideradas por democracias en regiones como Medio Oriente, a menudo justificadas bajo la premisa de promover la democracia y la estabilidad, han resultado en conflictos prolongados y complejas dinámicas de poder que desafían la paz global. Estas intervenciones no solo han desestabilizado regiones enteras, sino que también han cuestionado la legitimidad de las democracias como agentes de paz, al mostrar que pueden actuar de manera agresiva cuando sus intereses estratégicos están en juego (Fukuyama, 2006).

El surgimiento de amenazas no convencionales, como el terrorismo, también ha complicado la aplicabilidad de la “paz democrática". Estas amenazas no solo trascienden las fronteras estatales, sino que también desafían las nociones tradicionales de conflicto y paz. Las democracias, a menudo percibidas como más vulnerables a estos tipos de amenazas debido a su apertura y dependencia de la tecnología, han tenido que adaptarse a nuevas realidades en las que la paz ya no se puede garantizar sólo a través de la diplomacia y la cooperación internacional (Clarke & Knake, 2012).

En un mundo cada vez más interconectado y complejo, donde las dinámicas de poder están en constante cambio y las amenazas emergentes desafían las estructuras tradicionales de seguridad, la teoría de la “paz democrática" debe ser reevaluada. Esta reevaluación implica no solo cuestionar los supuestos fundamentales de la teoría, sino también considerar cómo las democracias pueden navegar un entorno internacional en el que las amenazas son más difusas y los actores son más diversos.

Uno de los enfoques para esta reevaluación podría ser considerar cómo las democracias pueden cooperar no solo en la prevención de conflictos interestatales, sino también en la mitigación de amenazas no convencionales y en la promoción de la estabilidad global a través de mecanismos multilaterales más inclusivos y flexibles. La cooperación internacional en ciberseguridad, la lucha contra el terrorismo y la gestión de crisis globales, como el cambio climático y las pandemias, son áreas donde las democracias pueden desempeñar un papel clave, pero que requieren un enfoque más matizado que el que ofrece la teoría de la “paz democrática" en su forma tradicional. La teoría de la “paz democrática", aunque sigue siendo un marco útil para entender las relaciones internacionales, debe ser revisada a la luz de las complejidades del mundo actual. Las democracias enfrentan desafíos que no se habían previsto en las formulaciones originales de la teoría, y su capacidad para mantener la paz global depende de su habilidad para adaptarse a un entorno internacional cada vez más volátil e incierto. Esta reevaluación es esencial para garantizar que la teoría siga siendo relevante y efectiva en la promoción de la paz en el siglo XXI.

Otro de los enfoques para realizar la reevaluación de la teoría de la “paz democrática" está fundamentada en el concepto de Liberalismo 2.0. planteado por John Ikenberry en su obra el “Leviatán Liberal” del 2011. Ikenberry propone un sistema internacional más inclusivo y multilateral, en el que las organizaciones internacionales y las democracias jueguen un papel crucial al buscar cooperar con actores emergentes, sean estos democráticos o no. Para la reevaluación de la “paz democrática" en los términos de Ikenberry, en primer lugar, se debe reconocer la multipolaridad de los actores involucrados en las relaciones internacionales, donde no sólo los Estados democráticos sean los protagonistas, sino que también se incluyan a otros jugadores importantes en la dinámica global como los Estados no democráticos, las organizaciones internacionales, la sociedad civil, la academia, el sector privado, etc. En este aspecto, el enfoque de la “paz democrática" debería replantearse a explicar la actuación de las democracias en una dinámica donde los Estados no democráticos también juegan un papel importante en la gobernanza global y mantenimiento de la paz. Así mismo, la teoría de la “paz democrática" tendría que incluir más matices para poder interpretar la “paz” entre agentes democráticos. El liberalismo 2.0 de Ikenberry (2011) propone que los Estados, tanto democráticos como no democráticos, pueden actuar de forma pacífica entre sí, bajo reglas y estándares internacionales. En lugar de asumir que las democracias son inherentemente pacíficas entre sí, esta teoría podría trascender para considerar cómo los mecanismos multilaterales (Naciones Unidas, OMC, FMI) permiten que las democracias y otros Estados con regímenes diversos, cooperen para evitar conflictos, sin la necesidad de una transformación democrática de todos los Estados. En este aspecto, es fundamental resaltar que este enfoque reconoce que la paz no es solo la ausencia de conflicto, sino también consiste en la existencia de elementos como la seguridad global, cooperación económica equitativa y estabilidad ambiental (ibid, 2011). Por lo tanto, la teoría de la “paz democrática" podría ampliarse para considerar otros tipos de amenazas al mantenimiento de la paz, como el cambio climático, las crisis humanitarias, y las desigualdades económicas.

Por otro lado, un punto crítico adicional se encuentra en la incapacidad de la teoría de la “paz democrática" para explicar las crecientes tensiones internas dentro de las democracias que, si bien no generan conflictos interestatales, sí afectan la estabilidad global. En este sentido, Levitsky y Ziblatt (2018) señalan que la polarización política, la desinformación y el auge de movimientos populistas han debilitado la cohesión interna y, en algunos casos, erosionado los principios democráticos fundamentales. Estas dinámicas no solo comprometen la capacidad de las democracias para actuar de manera unificada en el escenario internacional, sino que también incrementan el riesgo de que adopten políticas exteriores más autoritarias o agresivas. En línea con esto, Mounk (2019) argumenta que la "externalización de conflictos internos" plantea un desafío que la teoría clásica de la “paz democrática" no ha abordado adecuadamente.



6 Conclusiones


La teoría de la “paz democrática", que ha servido durante décadas como un pilar en la comprensión de las relaciones internacionales, enfrenta en la actualidad un escrutinio intensificado debido a las complejidades y desafíos emergentes en el escenario global. A medida que el mundo se enfrenta a amenazas no convencionales como la ciberguerra y el terrorismo, así como a las dinámicas cambiantes de poder y las intervenciones militares de las democracias en regiones conflictivas, se hace evidente que los supuestos fundamentales de esta teoría requieren una reevaluación crítica.

Los casos de estudio, como las intervenciones en el Medio Oriente, ilustran que las democracias no están exentas de involucrarse en conflictos prolongados y que su comportamiento en la arena internacional puede ser tan agresivo y estratégico como el de los regímenes autoritarios. Además, las nuevas formas de conflicto, como el terrorismo, explotan las vulnerabilidades de las democracias, cuestionando la idea de que estas son intrínsecamente más pacíficas que otras formas de gobierno.

En este contexto, la teoría de la “paz democrática" debe adaptarse para reflejar las realidades contemporáneas. Esto implica no solo revisar sus principios básicos, sino también explorar nuevas formas de cooperación internacional entre democracias que aborden los desafíos emergentes de manera efectiva. La resiliencia de las democracias en un mundo cada vez más interconectado y volátil dependerá de su capacidad para encontrar un equilibrio entre la seguridad y la preservación de los valores fundamentales que las definen.

Por lo tanto, se puede determinar que, aunque la teoría de la “paz democrática" sigue siendo relevante, su aplicabilidad en el mundo actual requiere una revisión profunda que tenga en cuenta las nuevas amenazas y las complejidades de la política global. Solo a través de esta reevaluación las democracias podrán continuar desempeñando un papel vital en la promoción de la paz y la estabilidad internacional en el siglo XXI.

Como recomendación final, la teoría de la “paz democrática" debe reevaluarse, a fin de responder a los desafíos que la dinámica global actual implica. El enfoque propuesto plantea un sistema internacional más inclusivo y multilateral, donde tanto democracias como Estados no democráticos y otros actores globales juegan un papel crucial en la prevención de conflictos y mantenimiento de la paz. Para replantear la “paz democrática" bajo este enfoque, es necesario reconocer la multipolaridad de los mecanismos multilaterales, que permitan la cooperación entre Estados con regímenes diversos para prevenir conflictos sin exigir una transformación democrática universal. De igual forma, la paz debe considerarse no sólo como la ausencia de guerra, sino también como la presencia de elementos como la seguridad global, cooperación económica equitativa y estabilidad ambiental. Este replanteamiento también debe incluir la consideración de nuevas amenazas como el cambio climático, las crisis humanitarias y las desigualdades económicas.





Contribución de autoría:


Leonardo Mogrovejo Barrera: Conceptualización, Supervisión, Escritura-borrador original, Investigación.

Michelle Molina Barros: Análisis formal, Investigación, Escritura-borrador original, Validación.



Conflicto de intereses:


Los autores declaran que no existen conflictos de interés.



Agradecimiento:


A la Escuela de Estudios Internacionales de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad del Azuay, porque más allá de habernos brindado una formación académica sólida, ha fomentado en nosotros el pensamiento crítico y la pasión por la investigación, para así poder abordar los retos del ámbito internacional con solvencia y creatividad.



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